Shanghai, la ciudad comunista que mira con descaro al vertiginoso crecimiento capitalista

En la carretera de acceso, delimitada por cuatro carriles que pronto se convierten en cinco o seis, miles de coches fluyen sin ningún tipo de control, haciendo sonar sus bocinas para abrirse paso. Del mismo modo circulan los vehículos y motos, entremezclándose con una masa compuesta por miles de peatones.

El tráfico también recuerda a la inmensidad del río Huangpu, por la que cientos de barcos navegan junto al inacabable malecón al que los colonos británicos denominaron como el Bund. El agua de este río, por las noches, adopta los colores de los cientos de rascacielos que lo flanquean adquiriendo tonalidades que se extienden hasta el cielo.

Tampoco faltan las mascarillas entre los trabajadores, símbolo de la tremenda psicosis de ser contagiado por cualquier enfermedad en una de las ciudades con mayor densidad del mundo (2.700 habitantes por kilómetro cuadrado, una cifra total de 24 millones de ciudadanos que crece año tras año).

Entre los resquicios del aeropuerto se escapan algunas figuras que vagan sin rumbo fijo, dejándose caer cerca de las papeleras en las que algún occidental ha dejado caer medio bocadillo o un paquete de galletas sin terminar. Porque a pesar del tremendo crecimiento de una ciudad que se amplía cada día tanto a lo alto como a lo ancho, las diferencias económicas y sociales resultan más patentes que nunca.

Las tiendas duty free están ocupadas por algunos de los pocos chinos que saben hablar inglés, al igual que ocurre en los fake market en los que se puede encontrar una perfecta falsificación de unos mocasines de piel, del Nuevo iPad, o de la camiseta de Cristiano Ronaldo. Los paneles informativos intercalan anuncios publicitarios que alumbran los pasillos de la terminal, como ocurre con las pantallas de cientos de pulgadas que tiñen las aceras de Shanghai de toda la gama de colores posibles.

Símbolo de la voraz y creciente economía es el tradicional Templo ciudad de Dios, el núcleo de la antigua ciudad de Shanghai constituido por un templo y edificios tradicionales que se han reconvertido en tiendas y en complejo turístico. Construido por el Emperador Yongle de la dinastía Ming, el Gobierno Municipal de Shanghai inició un plan para convertirlo en un centro comercial moderno para los turistas.

Y es que el aeropuerto de Shanghai, al igual que la ciudad al completo, nunca se mostrará de la misma forma para un visitante abierto a la sensibilidad de un ritmo creciente, incesante e incluso intrépido. Un mundo que bebe de las raíces más consumistas del capitalismo para erigir el sistema consumista que jamás se haya imaginado.

Fuente: http://www.hechosdehoy.com/articulo.asp?idarticulo=16101

DJ

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