Origen de las cavas: griegos descubrieron que almacenando el vino conservaba su calidad

A través de la historia

El vino es una bebida a la que se le ha otorgado un lugar especial desde las culturas más antiguas. Historiadores y arqueólogos han encontrado evidencia de su consumo en el Egipto antiguo, donde la vid se veneraba religiosamente pues el consumo del jugo de sus frutos proporcionaba un gran bienestar, aunque este fuera solo temporal.

Durante la estadía de los hebreos en Egipto, estos adoptaron al vino que también asociaron con rituales religiosos. En la Biblia se menciona que al finalizar el diluvio universal, una de las primeras acciones del patriarca Noé al alcanzar tierra firme, fue precisamente la de plantar una vid, “Noé comenzó a cultivar la tierra y plantó una viña” GÉNESIS 9:20.

Cuestión de deidades

En la Grecia clásica el vino estaba regido por el dios Dionisio (mismo que pasó a la cultura romana con el nombre de Baco) quién, según la leyenda, descubrió cómo extraer el néctar de las uvas. Como Dionisio no era del todo aceptado por los otros dioses pero, cuando descubrió los efectos que tenía la bebida de su invención, decidió utilizarla para imponer su divinidad.

El zumo de la vid convirtió a Dionisio en dios de la vendimia, la exaltación y el éxtasis, quien viajaba por las tierras griegas, rodeado de un cortejo de ninfas, musas, ménades o bacantes y sátiros, difundiendo alegría y felicidad entre sus devotos.

Fuera del contexto mitológico, los viajes de Dionisio ilustran como se difundió el cultivo de la vid, cuyo verdadero origen se adjudica al Oriente, en la parte meridional de Europa, el norte de África y la faja central de Asia.

Al ser Dionisio uno de los principales dioses griegos, no es de extrañarse que haya sido precisamente este pueblo uno de los primeros en idear la forma de preservar y almacenar al vino. Primero diseñaron el ánfora, un recipiente de cerámica con la función ex profesa de contener y proteger al vino.

El ánfora poseía la ventaja de poder ser sellada con alguna sustancia como resina o goma, lo que permitía mantener en mejores condiciones el vino que contenían.

Los griegos también descubrieron que el vino se mantenía en mejor estado, si los recipientes que lo contenían eran almacenados en lugares frescos, húmedos, sin contacto directo de la luz y de preferencia bajo tierra. Condiciones, que por cierto, conservan las cavas hasta nuestros días.

El arte de observar

Los romanos, como herederos de la gran cultura Helénica siguieron practicando la costumbre de almacenar el vino y ponerlo a la venta en tabernas. El espíritu práctico de los romanos los llevo a diseñar un espacio mixto en donde servir el vino y guardarlo en depósitos –aunque, ahora se sabe que el lugar donde se deposita el vino debe de estar lo más aislado posible de elementos externos.

La costumbre de almacenar vino de manera doméstica comenzó en la Roma Imperial (del año 100 a.c. hasta el 400 d.c. aproximadamente) cuando, en la parte superior de las casas de los ricos, se destinaba una habitación para guardar el vino. La cella vinaria se orientaba hacia al norte para mantener fresca la habitación y evitar el efecto nocivo del calor sobre el vino.

Por la calidad

Pero fue hasta principios de la Edad Media en que aparecen las cavas tal y como las conocemos: bodegas subterráneas para el vino, con condiciones especiales de humedad, temperatura e iluminación – de hecho la palabra cava proviene del latín y significa cueva o zanja. Estas primeras cavas se construyeron en los sótanos de los conventos y monasterios en donde el vino se consumía con regularidad.

La tradición europea del cultivo de la vid esta íntimamente ligada a la religión cristiana, que le confiere a esta bebida el carácter de un elemento ritual. En todos los países europeos se encuentran conventos que, con un fin litúrgico o uno más mundano, comunicaban a los refectorios (comedor del convento) con una bodega de vinos subterránea.

Fue mucho más adelante en la historia cuando comenzaron a propagarse las cavas particulares - aproximadamente de finales del siglo XVIII y principios del silgo XIX - gracias a la proliferación de la burguesía y su interés por hacerse de su propia dotación de vinos de alta calidad. Esta necesidad, probablemente, nunca se planteó para los miembros de la realeza y la aristocracia quienes no tenían que ocuparse personalmente de sus cavas, pues para ello contaban con proveedores y sirvientes.

A partir del siglo XIX las cavas privadas se extienden por toda Europa como una práctica de “buen gusto”, propia de aristócratas y burgueses. Esta costumbre no sólo ha sobrevivido hasta nuestros días, sino que se ha renovado como una valiosa forma de cultura. Hoy día, como en sus inicios, una cava personal demuestra un estilo de vida en el que se unen el refinamiento, con la pasión necesaria para participar de la cultura del buen vino.

Fuente: Mundo52

EA

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